Puede que algunos esta afirmación se les clave como una estaca en el corazón, pero lo cierto es que el marketing que hoy todos conocemos y que nos enreda una y otra vez en su maraña de insidiosos ardides fue inventado hace 6.000 años por Satanás(convenientemente metamorfoseado en una serpiente).

El celebérrimo episodio de la serpiente y la manzana (con Adán y Eva como protagonistas) es el primer incidente registrado de lo que es, ha sido y será siempre el marketingconvencer a alguien de que un producto concreto es mejor que el resto.

Satanás (o más bien la serpiente a quien había tomado prestado su traje) se las ingenió para dotar a sus manzanas de un fenomenal posicionamiento de marca, tanto que Eva primero y Adán después no pudieron resistirse a hincar el diente al fruto prohibido, explica John Harrison en un artículo para CEO Today Magazine.

Si tenemos en cuenta que el marketing consiste básicamente en persuadir a alguien de que una marca concreta es mejor que el resto, esta disciplina entra en escena (fundamentalmente) cuando la oferta aventaja a la demanda, si bien también aflora cuando la demanda gana claramente la partida a la oferta (como bien queda demostrado en el caso de Tesla y sus larguísimas listas de espera).

Es una verdad molesta que algunas marcas preferirían obviar, pero es también una certeza incontestable que el consumidor está sobrepasado por tantísima oferta (muchas veces idéntica) como tiene a su alrededor.

Y precisamente para ayudarle a acallar esa auténtica vorágine de productos que le gritan (hasta dejarle sordo) desde las estanterías de los supermercados existe el marketing (cuyo último objetivo es auxiliar al consumidor enarbolando la bandera de la persuasión).

Si el marketing resulta tan importante y es el que ayuda a las marcas a imponerse sobre la populosa competencia que hay a su alrededor, ¿por qué son sus presupuestos los primeros que se recortan en tiempos de crisis? ¿Por qué los directores de marketing son los directivos con mayor “tasa de mortalidad”dentro de las empresas?

De la mala prensa del marketing en los entornos corporativos son responsables hasta cierto punto los propios marketeros, que tienden a complicar las cosas hasta el infinito y más allá. A los marketeros les gusta colgarse del brazo del abstrusos acrónimos y hablan con los CEOs (quienes les bendicen con sus presupuestos) utilizando “palabros” absolutamente ininteligibles.

Hay demasiados marketeros que se empeñan en concentrarse en aspectos absolutamente periféricos a la que es su profesión para dejar de lado el que realmente es su cometido: espolear, con el marketing a su vera, el éxito de la marca que les tiene en nómina.

En el transcurso de los últimos 6.000 años el arsenal de canales, tácticas, herramientas y tecnologías que los marketeros tienen a su disposición ha crecido como la espuma (y teñido quizás de una espesa neblina la verdadera esencia de su trabajo).

Sin embargo, el rol del marketing, concluye Harrison, continúa siendo el mismo que cuando Satanás tuvo a bien inventarlo hace ya seis milenios: convencer a la gente de que una opción concreta es mejor que el resto de opciones que hay en derredor suyo.

Vía: Marketing Directo

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